Respeten sus progreleyes y no sean contradictorios censurandome.

El Congreso no promulgará ninguna ley con respecto a establecer una religión, ni prohibirá el libre ejercicio de la misma, ni coartará la libertad de expresión ni de la prensa; ni el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y de pedirle al Gobierno resarcimiento por injusticias.
(Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU., ratificada el 15 de diciembre de 1791.)



Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Articulo 19 de la Declaración Universal de los Derechos humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948 en Paris.



- 1. Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber ingerencias de autoridades públicas y sin consideración de fronteras.

-2. Se respetan la libertad de los medios de comunicación y su pluralismo.

(Artículo II - 71; Título II concerniente a Libertades del Tratado para el que se establecia una Constitución Europea)

viernes, 10 de febrero de 2017

Sueños locos LXXXIII (Aneurisma en el cielo)



  El cielo extenso e intenso de la Patria, el cielo de la noche lleno de gris, de amenazas de llanto, de rayos como nervios de una cabeza estresada. Buenos Aires hoy, capital del siglo XXI. Yo allí, parado frente al Museo Nacional de Bellas Artes, en la vereda de Plaza Francia, con inquietudes y silencios variopintos. Con nada. Madrugada confusa, turbulenta. ¿Qué tenía que hacer en horas de reposo? ¿Cuál la razón de mi desvelo?

  Del cielo, del mismo cielo de antes pero ahora mucho peor, emergió un algo transparente y acuoso que me envolvió en tierra y me llevó cerca, muy cerca de la luna, tapada ella casi en su totalidad por muchedumbres de nubes. Al poco tiempo, esa especie de burbuja descendía violentamente conmigo adentro. Iba a estrellarme contra el suelo y morir, morir para siempre, morir de verdad. Digo así porque no me refiero a muertes poéticas, hablo así porque quiero mostrar la dureza del mundo físico, ese mundo que nos condena a la finitud. 

  Caía, caía a la muerte. O iba a morir antes de que mi cuerpo toque tierra, quién sabe. No me acusen de escribir un cliché pero sí, se me apareció la Parca. Ya saben: una vieja huesuda de ojos hundidos, mal aliento y harapienta; una vieja de uñas largas en los pies y en las manos, de piel untuosa y dientes grandes como los de una bestia dispuesta a comerte. Ella, la malvada, tocó con la punta del índice de la mano derecha la burbuja que me llevaba hacia abajo. Quería que reviente más rápido, sin el consuelo de verme transportado por algo; caída libre, como si yo mismo hubiera elegido lanzarme desde lo alto del cielo, un suicidio común y corriente. 

  La burbuja estalló. De nada habría servido quedar envuelto por esa cosa acuosa. Sin embargo, no sé. Me sentí peor cuando vi que caía al vació sin nada alrededor de mi cuerpo. Por menos de un segundo, imaginé a los burgueses de Avenida del Libertador: lo que fui yo, ahí, hecho sangre y tripas. Y ellos, luchando para que sus perros no se coman mis restos en el paseo matinal. Las estudiantes, escandalizadas. La policía, inquieta. Cámaras de televisión, fotos, rumores. "Misterio en Recoleta". ¿Un ajuste de cuentas muy peculiar? ¿Un hombre arrojado desde un avión?

  Me iba a hacer uno con la tierra que me hizo. Pero eso no sucedió. Una mujer, la Virgen Atea, me abrazó en el aire y me salvó la vida. Era ella, lo digo por lo delgada, por la claridad de la mirada meridiana, por lo suave de los brazos y el perfume francés que le recorre la piel.     

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